Dadiva
LA DÁDIVA, por Zárraga

ART “4” ...SEP 23 ...AUG 16 ...ANY DAY ||| HISTORY “4” ...ANY DAY  |||  ALTERNATE SITES

La dádiva (1910), de Ángel Zárraga, ejecutada durante la primera estancia europea del artista, refleja su acercamiento a las imágenes del modernismo europeo y la incidencia de éstas en su actualización de la pintura alegórica, por medio de un lenguaje decorativista en el que el cuerpo humano es el principal vehículo simbólico. El contraste entre las edades de los cuerpos alude al cambio de las estaciones: las jóvenes desnudas ósus cuerpos alargados y sinuosos en función del estereotipo modernistaó nos refieren al momento de fructificación de la tierra, desde la cual emergen físicamente, erguidas, y con sus frutos entre las manos y a sus pies. Ofrecen un racimo de uvas a los ancianos que las siguen, con sus cuerpos agachados hacia la tierra a la que van a regresar, evocando la manera en que la naturaleza implanta las semillas para una nueva regeneración.

La sugerencia de voyeurisrno erótico producida por la exhibición de los cuerpos desnudos, al caerse las telas delgadas que los encubren, es mitigada por el gesto de pudor de la doncella y de recato de los viejos, que bajan los ojos, pero sobre todo por el manejo decorativista de los elementos formales, que produce cierto distanciamiento emotivo y sensorial. Como ha notado acertadamente Fausto Ramírez:

"El decorativismo es del que se vale el artista para desrealizar las escenas representadas. Ocurre a menudo que las figuras son vistas y recreadas bajo una óptica naturalista; pero las rodea una atmósfera poetizante que intenta restarles densidad carnal, peso vivo. En ocasiones, el antagonismo entre la realidad táctica del modelo y la voluntad decorativa y desrealizadora produce una tensión estilística singular."

Griselda Pollock ha comentado algo semejante al relacionar los recursos formales de la pintura prerrafaelista de Dante Gabriel Rossetti con los de la publicidad contemporánea en sus representaciones femeninas: el aplanamiento de la piel, al desvestirla de cualquier evidencia de estructura muscular y ósea, produce figuras etéreas en las que "la mujer", disociada de la mujer de carne y hueso, se convierte en un vehículo de evocación erótica por el detalle y la gestualidad sensual aplicada en el tratarniento de los ojos, la boca, las manos y el pelo.

En la obra de Zárraga, aunque la mujer se asocia simbólicamente con la tierra y su fecundidad, su cuerpo no sugiere la maternidad sino la virginidad; comparte la aparente inocencia de la hija que amamanta a su padre anciano en La caridad romana (1873) de Luis Monroy comentada por Montserrat Galí. Su cuerpo, entonces, se convierte en un objeto de consumo para el espectador, por arte de los mismos recursos técnicos que convierten la obra en un objeto "decorativo"; en los dos casos se inserta una distancia cuidadosamente medida entre la realidad y la representación, invitando a la fantasía pero no a la acción ni a la interacción corporal.